Tomás Welss

Si quiero hablar y rememorar Valdivia, debo retroceder, viajar y volver a empezar.

A inicios de los ‘90, vivía en Barcelona y mi discernimiento respecto a Chile era difuso, aunque cercano al elogio y la sublimación, consecuencia de la distancia y el tiempo. Durante una visita de mi padre -un viajero apasionado-, me comentó: “Tomi (Tomás), se está promulgando una legislación que apoya y financia la creación artística desde el Estado». Indico esto a modo de cita, aunque no recuerdo si fue textual, pero fue él quien me anunció por vez primera la existencia del Fondart.

Mi relación con la vida, era ligera y apresurada, por lo tanto no presté atención. Prefería sentarme con papá en la Plaza del Pi de la Ciutat Vella y picotear anchoas y boquerones. Era un joven algo displicente y desapegado frente a la inmediatez pragmática. Eso creo.

Trabajaba de manera independiente en diversos estudios de animación, aunque también dibujaba y pintaba libremente. Sin embargo, ya tenía en carpeta cuatro cortometrajes animados realizados junto al maestro Heinz Edelmann (Yellow Submarine) durante mis estudios en Stuttgart, antes de Barcelona. Se cerraban ciclos y presentía mudanzas. Por todos los motivos del mundo, o ninguno, volví a Chile. El país en proceso de renovación auguraba transformación y alternancia.

Poco tiempo después llegué a la primera o segunda versión del Festival Internacional de Cine de Valdivia con mi inédita y descarada animación, titulada Reunión, realizada en 35 mm y sonido óptico. Todo lo precedente fue filmado en 16 mm y sonido magnético.

Antes de relatar el paisaje afectuoso y cordial que significó mi primera visita a Valdivia quiero describir brevemente la creación de Reunión. Recuerdo el mundo análogo y físico como un amuleto que se llevaba en la mochila. Me sentaba en un café y chequeaba el formulario del Fondart, explorando los requerimientos para postular. Existía la credibilidad y la confianza colectiva. Las cartas de compromiso y el renglón de la certeza triunfadora, no eran requisito. El entusiasmo y empeño era, y es, contagioso. ¿Cómo es posible presagiar el éxito de cualquier obra? Soy ignorante.

El arte, en toda dimensión, continúa emancipado y absuelto si refleja una expresión genuina y de vanguardia histórica, desde el núcleo de la sociedad, para luego sobrevivir y dejar huella. La tecnología, la diversión, el cuestionamiento y la controversia, componen el escenario creativo.

De tal forma, los unos y las otras, exhibíamos nuestras obras en el Cine Club austral del Festival. El diálogo y debate fresco y progresista fue un hallazgo para mí y posiblemente para todas y todos en este evento. Efervescente dialéctica y reflexión en torno a las imágenes en movimiento que arrancaba en el sur del país, concediendo y motivando la opinión de los mudos, tímidos y reprimidos, a punto de explotar. Los espectadores, todos, todas, todes.

La convivencia junto a las y los colegas durante esos días en Valdivia tenía un componente de aventura. Éramos huéspedes de una residencial austera que crujía con el viento. Mi habitación rectangular era asimétrica, por lo tanto las puertas no cerraban. Nada importaba, nada opacaba la alegría del encuentro. En mi caso, presentía un semillero de nuevos artistas y colegas, ansiosos de compartir experiencias.

Desayunos con Nescafé y pan tostado. Era absolutamente inverosímil, exigir o pretender cualquier petición o reclamo en cuanto a la infraestructura de lo posible. Éramos conscientes del inicio de una etapa en el país, en donde existía un fondo estatal para crear y plasmar nuestros delirios. Debíamos tener cautela y recato. Todo era patente y tangible sin la comodidad de internet, y el celuloide circunscribía el momento histórico.

Valdivia nos albergaba, al sur del país, enquistados entre el campo y el cine, reparando una suerte de cobijo y refugio absolutamente privilegiado, para conocernos y reconocernos como creadores nóveles y libres.

Durante los años y décadas posteriores, tuve la oportunidad de asistir al Festival de Valdivia como participante, como jurado, y el 2011, como homenajeado. Siempre observando el espíritu inicial. Supongo que la distancia de la capital influye en los visitantes y provoca un fenómeno de camaradería, al margen de la fingida estabilidad que nos otorga Santiago.

Recuerdo vislumbrar alumnos y alumnas, desorientados por las calles de Valdivia, que como consecuencia de un encuentro fortuito, me abrazaban como si estuviésemos en Siberia. De inmediato nos encerrábamos en un bar y la tertulia comenzaba. Creo que la geografía dramática de nuestro país, delineada por cordillera y mar, es decir por la fortaleza imponente y el acantilado, influye en cierto apremio grupal frente al riesgo de proyectarse, solo, en el desierto más seco del planeta.

La aproximación humana en nuestro Chile actual, primordialmente en Santiago, suele ser un accidente no exento de riesgos. Hay temor pero también intriga y apetito frente al prójimo. El país ostenta un nivel tecnológico privilegiado en la región. Probablemente existan más celulares que seres humanos, advirtiendo así, un desmadre tecnológico, lo cual instala otra dicotomía: volcar la interacción humana en las diversas aplicaciones de redes virtuales, atenuando y debilitando el encuentro real. La confianza en la tecnología, que propone y posterga la verdadera confluencia humana, provoca malentendidos, soledad y el peligro inminente de abatir vínculos y concordancias, que en otra época eran fidedignas y auténticas. No creo que un dispositivo mecánico, reemplace jamás la veracidad e infinitud del lenguaje corpóreo, gestual, humano.

En el año 2001, obtuve el premio a la mejor animación en Valdivia, por Manos libres, que refería a la soledad de una mujer junto a su teléfono. Menciono esto para destacar otra coyuntura que se produce en Valdivia: las personas quieren hablar, relacionarse y usar el celular para concertar un encuentro real, ya que prevalece esa extraña sensación de que se está a la deriva, solos, solas. A 850 kilómetros de casita.

Persisto en el hecho de que el dispositivo es una herramienta para llegar a la meta y así poder involucrarnos en una conversación en torno al cine, al arte y, también como puente, para hablar de nosotros mismos. Una realidad bastante mísera en la gran capital. Con esto se cierra el círculo, pero atravesando el muro o la plataforma tecnológica para concebir un cara a cara sin temor. Estamos lejos de Santiago. La tecnología como herramienta, para estrujar y abrazar el objetivo. Sirve.

Cuando menciono lo del círculo, retrocedo a los años ‘90, momento en que prescindíamos del muro, para toparnos y charlar. La valoración del encuentro como fenómeno irremplazable y humanitario, superando alfombras; luciérnagas en el espacio artificial y artimañas innecesarias que se distancian del objetivo medular;  así pienso en el Festival de Cine de Valdivia. Cualquier plática espontánea, en medio de un evento cultural, puede desembocar en colaboración, coproducción, cooperación nacional e internacional, para lograr también un espacio laboral delimitado en fechas.

En el año 2016 fui por última vez, año en que mi padre se alejó de este mundo. Estuve apenas tres días, sin embargo fue un alentador reencuentro con amigas y amigos, en el sur, en esa carpa que no conocía y que convoca al público, todo, sin posibilidad de desvío, bifurcaciones u horror al cara a cara.

Los festivales de cine padecen, a veces, del síndrome del desencuentro o el extravío, no logrando concretar que los asistentes tengan la oportunidad impostergable de poder reunirse y acertar.

Magic Dream, realizada en el periplo de vida 2013-2018, es un absurdo en los tiempos del cólera. Algo asustada se encuentra la criatura animada, como ese personaje en medio del desierto, que cité. Jamás volveré a pintar 5000 cuadros, solo.

En medio de una contingencia por vencer, triunfar, sobrepasar, ansiar y ganar insisto en que el envase, bulto o mercadeo, muchas veces supera a la obra. Sin embargo también es necesaria la exhibición y el reconocimiento de una obra o de un artista, antes de que marchite y desaparezca.

Es mi homenaje corpóreo para Ulrich Welss, amado Papá.

«La modernidad es lo transitorio, lo fugaz, lo contingente; la mitad del arte»

Charles Baudelaire.

Viva Valdivia 2018

Tomas Welss, cineasta chileno