Sebastián Brahm

En julio de 2004 debía ir por diez días a Valdivia para cerrar un proyecto de desarrollo de largometraje que habíamos ganado junto a Bruno Bettati. Tal como la semana que había pasado allí seis meses antes, en un enero esplendoroso, me quedaría en una residencia de estudiantes en la Teja desde cuya terraza había podido teclear, inspirado, bajo el tibio sol, mientras veía los patos volar sobre el río y los lobos junto a la feria fluvial en la otra ribera. No cabía en mí de la ansiedad por volver.

Pero claro, eso había sido en enero, y esto era julio. La primera mañana de trabajo me congelé mientras cruzaba el puente Pedro de Valdivia pero no hice caso. En la noche salí a un carrete sureño, ahumado y regado y –ahumado y regado- me juraba milagrosamente curado, pero al otro día amanecí con la peor gripe de mi vida, volando de fiebre.

Quedé tirado, solo, aislado en una pieza mucho más oscura que la del verano, ahora que la residencia estaba llena con los estudiantes de la universidad, incapaz de salir por una semana y algo más, atrasando toda la ejecución del proyecto y rogando a una amiga en Santiago que no dejara de ir a alimentar a la gata.

Lentamente me recuperé y pude volver a trabajar en el 787. Mi estadía de diez días se extendió por casi un mes. Y, pasado el resfrío inaugural, empecé a sentir como Valdivia entraba en mí. Empecé a amar el frío, la lluvia, el olor a tierra húmeda, la vida en interior, las calcetas de lana, las infusiones calientes, las noches de marcha.

Para colmo trabajaba arriba de La Última Frontera, que es –digámoslo- el mejor bar de Chile. Buena onda. Era buena onda estar en Valdivia en ese momento, cuando se consolidaba como polo audiovisual.

Desde ese año, todo lo que he hecho se ha estrenado en Valdivia, han caído un par de premios y mis dos largos de ficción han pasado por el área de industria y desarrollo. Aunque cada vez es más difícil ir con el tiempo necesario, amo seguir los focos y retrospectivas, donde suele estar el alimento de mayor valor nutritivo. La conmoción de enfrentarse a un objeto como El Sur, de Víctor Erice, en el Cine Club, el gusto de digerir alternadamente una película de Rejtman en el Lord Cochrane y un crudo en el Haussmann, son recuerdos nítidos. Más nítidos por cierto que esa noche de marcha en que terminó un lote grande, ya con luz de día, en el antiguo Hotel Pedro de Valdivia, improvisando planos muy ahumados y regados para una película sobre el edificio que Andrés Waissbluth y Cristián Jiménez filmaban antes de que lo demolieran. Nunca más se supo de esa peli. Esa sí que habría que rescatarla. Tal vez para los 30 años del Festival.

Sebastián Brahm, cineasta chileno