Ignacio Agüero

Participo en el Festival de Valdivia desde el principio, 1994. Un año antes de que el cine cumpliera 100 años y cuatro años después de que Pinochet se fuera del gobierno. Eran tiempos de una cierta belleza. Ya no había CNI, ya no había dictadura. Una cierta belleza democrática asociada a la belleza de la ciudad. La caminata hacia la sala del Cine Club, cruzando las instalaciones de la universidad en medio de árboles y verdores, tal como es hoy 25 años después, es una hermosura que exigió desde el comienzo que las películas estuvieran a su altura.

Luego fui varias veces, con películas y como jurado, y vi cómo el festival fue creciendo en tamaño, calidad, prestigio y público, transformándose en un gran convocador de estudiantes, cineastas y profesionales del cine de Chile y del mundo.

Un festival que estimula los encuentros y las conversaciones, arriba de las embarcaciones fluviales, en la feria, en la costanera del río, cruzando el puente, en el jardín botánico, en La bomba, en el gran bar del hotel Pedro de Valdivia. Un festival que dispone de las calles precisas para volver solo, caminando y pensando después de ver una buena película, para entrar, luego de esos minutos de silencio, a un café o a un bar para cambiar de tema y seguir pensando y conversando.

Ahí conocí a Lucy Berkhof, a Andrea Osorio, a Adrián Silva -quien me invitó a hacer talleres durante varios años en el tercer piso del Museo Histórico y Antropológico Maurice van de Maele (un taller lo cerramos en el Juan Saavedra en Niebla)- a Paola Lagos y a mi querida amiga Valentina Palma. Ahí reencontré a Alain Fountain, entrañable estimulador del documental desde Channel 4 UK, amigo de mi amigo Andrés Racz y primer interesado en Cien niños esperando un tren, en el Festival de La Habana en 1987. Y a muchos otros, extranjeros y chilenos. Bruno Bettati se entusiasmó, con una retrospectiva, con El diario de agustín recién hecha, y con Adrián, post festival, llevamos las películas a la escuela de Mancera y a escuelas de otras comunas.

Finalmente participé con mis últimas dos películas: El otro día, en la Gala chilena del 2012, y con Como me da la gana II, como film de apertura del festival de 2016, ahora con un joven y talentoso director, Raúl Camargo, quien ha sabido profundizar una línea de programación de buen cine del mundo y de Chile.No tengo dudas que el Festival de Valdivia, que ha ganado prestigio internacional, es el más relevante de los chilenos.

Estimulado por la pureza del aire y por la lluvia, y por ver buenas películas en un ambiente de buenas conversaciones, se avivan las ganas de hacer la siguiente película, y la siguiente, y la siguiente. Es un festival al que además dan ganas de ir sin presentar una película y sin ser parte de ningún jurado. Sólo como público, de cine, de parques y de bares.