Christopher Murray

Mi recuerdo se remonta al año 2006. Corrían los primeros años de Universidad y con un grupo del curso nos disponíamos a ir al que en ese entonces llamaban VALDIFF – Festival Internacional de Cine de Valdivia. Junto a Pablo Núñez e Ignacio Rojas, mis compañeros y grandes amigos, queríamos llevar una cámara para registrar la aventura. Pero la universidad sólo nos prestaba equipos si traíamos de vuelta una entrevista con alguna persona de renombre. Ese año el invitado de honor era Jafar Panahi, así que era la gran oportunidad de conocer al renombrado director iraní y generar un buen registro. Nos comprometimos a conseguir una entrevista con él como fuera. Así, nos prestaron los equipos, tomamos al bus junto al resto del curso, y al otro día ya estábamos instalándonos en carpas en el patio trasero de la querida compañera valdiviana Paola Mosso.

Ya en el festival insistimos para concertar la entrevista, pero no hubo respuesta. Pasaron algunos días, hasta que luego de una increíble proyección en 35mm de “El Globo Blanco”, finalmente recibimos un correo de la organización confirmando un encuentro con el gran Panahi en un salón del hotel donde él se estaba quedando. Fuimos por los equipos y partimos. Al encuentro lo acompañó Abdullah Omidvar quien hizo de traductor. El panorama era intimidante. Un mítico director de cine, acompañado de una renombrada persona de la industria chilena, y nosotros tratando de grabar una entrevista con una cámara que recién estábamos aprendiendo a usar. Luego de saludarnos, vino la tarea de ubicar la cámara. Lo que debiera haber sido sencillo fue complejo. El lugar estaba lleno de ventanales que daban el río, lo que lo hacía hermoso, pero a la vez traumático, porque la cambiante luz valdiviana hacía casi imposible exponer (sobre todo para unos tipos inexpertos). Salía el sol y todo se quemaba, se iba y todo era penumbra. Así que nerviosos discutimos largo rato cuál era el encuadre correcto, mientras Panahi y Abdullah esperaban sentados. Nuestro nerviosismo se notaba y en eso el maestro habló: “Por cada plano que uno hace hay 360 posibilidades, pero sólo una es la correcta para capturar el gesto y la acción deseada. La labor del director es esa: encontrar la posición correcta en cada plano para poder contar una historia”. Nosotros escuchábamos inspirados. “Tómense el tiempo que necesiten para encontrar la posición precisa”, agregó. Luego de eso, volvimos a buscar entusiasmados el ángulo adecuado, hasta que finalmente tomamos la decisión y partimos la entrevista.

Fue una conversación inolvidable de más de una hora. El único problema fue que el plano se quemó igual, y quedó bastante mediocre. Es decir, si de las 360 posibilidades que hay, sólo una es la correcta, evidentemente esa no era. De todas formas, hasta el día de hoy recuerdo con cariño las sabias palabras de Panahi sobre la precisión y sobretodo el generoso tiempo que se dio durante el festival para dar una clase magistral a un par de estudiantes con hambre de cine.