Sebastián Lelio

Valdivia siempre se ha sentido como celebración de lo que nos ha ido pasando. De los intentos, de los aciertos, de las aventuras sin destino claro, de las películas poderosas y también de las fallidas. De todo lo que hemos venido siendo. Todos.

En el Festival de Valdivia pude estrenar mis primeros cortos. A alguien le interesaban, te pagaban un pasaje, ¡te alojaban!. Yo no lo podía creer. Eso fue el ‘96 y el ‘97. Yo era un estudiante de cine (lo sigo siendo) y Valdivia era el lugar de encuentro con los que tenían más experiencia, con los que habían abierto el camino. Era también el lugar en el que conocí a tantas personas que luego serían compañeros de ruta, cómplices, co-creadores.

Me emociona recordar el viaje en tren hacia la edición del 2005. Un año clave. En ese tren al sur viajaba una generación de cineastas que aún no era consciente de que lo era. Yo llevaba las latas de La Sagrada Familia en bolsos de los que no me despegaba. Hermosa borrachera, física y espiritual, reconocer en el rostro de los amigos la misma hambre de cine que lo devoraba a uno.

Había tanta gente que tenía películas adentro, que quería filmar, sin cálculos, porque no había nada que calcular. Había urgencia, sed de venganza y sed de justicia artística. Conversaciones febriles. La sensación excitante y cándida de ser parte de algo que todos teníamos en la punta de la lengua pero que no nos atrevíamos aún a nombrar. Ser parte de una especie de ola, de una corriente eléctrica, de un instante fecundo. Hambre en estado puro, casi inocente.

Esa hambre, es quizás lo más valioso con lo que podemos contar. Esa hambre hay que cuidar. Ella nos forma, nos enseña, nos empuja. Esa sed de belleza que el festival de Valdivia ha contribuido al mismo tiempo a saciar y a aumentar.

Gracias por invitarnos a todos a esta fiesta de la que somos al mismo tiempo juez y parte. Que las películas le respondan a las películas y que siga ese diálogo en extremo lujoso y sofisticado que es la conversación del cine. Una forma de habitar, de pensar y de sentir el mundo. Y que Valdivia siga allí, recibiéndonos a todos. invitándonos como siempre a descubrir territorios y placeres desconocidos. Larga vida al festival de cine de Valdivia. ¡Gracias Valdivia!

Sebastián Lelio, cineasta chileno