Marialy Rivas

Tengo mala memoria. Tan mala memoria que he ido al doctor a que me hagan estudios porque creo tener algo mal en mi cabeza. Por suerte, nada, estrés, me dicen. Yo sigo con miedo porque a veces voy manejando y se me olvida adonde voy. Tengo tan mala memoria que cuando me piden que escriba una anécdota del Festival de Valdivia me paralizo porque no logro recordar ninguna claramente.

Vienen a mí imágenes; una van desde el aeropuerto, lo verde del camino y mi corazón contento (¿será de la primera vez que voy?); un pequeño barco en la noche que zarpa con muchos invitados, la luz es baja y el barco cruza el agua con gente que ama lo mismo que yo; un pitch de Joven y alocada, mi primer largo, los nervios haciendo una bola en el estómago y luego palabras amables, cariñosas y alentadoras sobre mi proyecto que me hacen sentir tranquila; la vista hermosa del río desde un hotel donde me alojan; conversaciones alguna noche con cineastas, con amigos de muchos lados, todos contentos; una cola, para Princesita, larga tan larga que se queda gente fuera y lo grabo porque la cola sale de la sala y llega lejos, muy lejos, y lo grabo porque no lo creo y me hace muy feliz; la mirada de orgullo del hijo de mi ex, a quien considero como mi hijo, cuando me mira presentar la película y nos sacan una foto a todos juntos. Creo que ese es lejos el mejor recuerdo.

No tengo una anécdota precisa, creo que soy incapaz de tenerla, pero sí muchos momentos que atesoro con cariño en mi corazón. Eso es para mí Valdivia, momentos hermosos y compartidos con gente querida que ama el cine.