Marialy Rivas

Tengo mala memoria. Tan mala memoria que he ido al doctor a que me hagan estudios porque creo tener algo mal en mi cabeza. Por suerte, nada, estrés, me dicen. Yo sigo con miedo porque a veces voy manejando y se me olvida adonde voy. Tengo tan mala memoria que cuando me piden que escriba una anécdota del Festival de Valdivia me paralizo porque no logro recordar ninguna claramente.

Vienen a mí imágenes; una van desde el aeropuerto, lo verde del camino y mi corazón contento (¿será de la primera vez que voy?); un pequeño barco en la noche que zarpa con muchos invitados, la luz es baja y el barco cruza el agua con gente que ama lo mismo que yo; un pitch de Joven y alocada, mi primer largo, los nervios haciendo una bola en el estómago y luego palabras amables, cariñosas y alentadoras sobre mi proyecto que me hacen sentir tranquila; la vista hermosa del río desde un hotel donde me alojan; conversaciones alguna noche con cineastas, con amigos de muchos lados, todos contentos; una cola, para Princesita, larga tan larga que se queda gente fuera y lo grabo porque la cola sale de la sala y llega lejos, muy lejos, y lo grabo porque no lo creo y me hace muy feliz; la mirada de orgullo del hijo de mi ex, a quien considero como mi hijo, cuando me mira presentar la película y nos sacan una foto a todos juntos. Creo que ese es lejos el mejor recuerdo.

No tengo una anécdota precisa, creo que soy incapaz de tenerla, pero sí muchos momentos que atesoro con cariño en mi corazón. Eso es para mí Valdivia, momentos hermosos y compartidos con gente querida que ama el cine.
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Marialy Rivas

Cristián Jiménez

Cuando me doy cuenta que ya van 25 ediciones del Festival de Cine de Valdivia, me siento como esos señores viejos que cuando yo era niño no podían evitar manifestar su sorpresa cada vez que nos veíamos: ¡Por dios, qué está grande este niño! ¿Cuándo va a parar de crecer esta criatura?

Como valdiviano y cineasta, mis recuerdos y conexiones con el FICValdivia desbordan los límites del festival y se cruzan con la vida a secas, con el cine en general. Así, el Cine Cervantes por ejemplo, es al mismo tiempo el escenario de la primera vez que tengo el recuerdo de haber ido al cine en mi vida y el lugar donde mi cortometraje El tesoro de los caracoles se exhibió en la apertura del FICValdivia el año 2004, algo parecido a un intenso debut para mí y para varios de los compañeros con que realizamos esa producción valdiviana, protagonizada por Roberto Farías.

Mientras escribo esto, puedo ver a Lucy Berkhof de pie, asomada en la cortina de la entrada al Cine Club mirando a la gente que toma ubicación en sus butacas. Una visión que precede al festival, ya a comienzos de los ‘90 o fines de los ‘80, si la memoria no me traiciona. Me veo a mí mismo adolescente sentado en el cine junto a la hija de Lucy, una amistad peligrosa que conllevaba el privilegio de poder ir al cine sin pagar la entrada.

Cuando el festival arrancó, en el año ‘94, ninguno de los presentes teníamos la menor sospecha de la dimensión de lo que se estaba inaugurando. Yo nunca en mi vida había estado en un festival de cine y me cuesta separar en la memoria las funciones de ese certamen de cine, video y ecología, de otras funciones en otros momentos de esa misma época. Años después, el afiche que guardé de esa primera edición se lo presté al mismo festival para tener una copia en sus archivos. Creo que ya iban por la versión 15 y Bruno Bettatti, que era el productor de mis películas y del FICValdivia, lo había visto colgado en mi casa y se dio cuenta que era el único ejemplar sobreviviente con paradero conocido.

Recuerdo estar sentado junto a Malú Gatica en 1996 y felicitarla cuando un corto en que actuó resultó premiado. En esa misma versión, recuerdo a Andrés Waissbluth presentando su corto con unas mechas largas al viento en medio de un pelo corto noventero. A Alicia Scherson riéndose sin parar mientras presentaba un falso documental sobre un gallo de pelea. Y era que no, a Sebastián Lelio recibiendo un premio.

En la medida que me hice cineasta, el FICV fue el lugar donde durante una semana confluía mi ciudad, mis amigos de infancia, los amigos de mis papás, con mis colegas del cine. Podía encontrarme a mi mamá con sus amigas, premunidas de pisco sours, rodeando a Héctor Noguera en un cóctel de inauguración. O como ocurrió cuando se dio la película Vida sexual de las plantas de Sebastián Brahm, donde tuve una participación menor como actor, escuchar y reconocer las risas de mis compañeras de curso del colegio cada vez que aparecía en pantalla.

Creo que todos los que estuvimos ahí recordamos la efervescencia del festival del año 2005 cuando coincidieron Play, La Sagrada Familia, En la Cama y Se arrienda. Esas películas inauguraban un nuevo territorio para el cine chileno y no se hablaba de otra cosa en las fiestas, los cafés, la espera de las funciones. Que Andrés Valdivia, el músico de Se arrienda haya terminado en las aguas del Calle Calle a la salida de la fiesta de La Sagrada Familia es quizá un signo del ritual que estaba teniendo lugar. Algo como un anticipo de lo que vino después y que fue bautizado como novísimo cine chileno por medio de un libro editado por el propio festival.

Seguramente el ciclo que arrancó el 2005 ya concluyó y en buena hora. Si el lugar donde confluían todos los invitados en las primeras ediciones solían ser los desayunos masivos del Hotel Pedro de Valdivia, ahora esa figura la ocupan las peregrinaciones a La Última Frontera al final de las funciones. Tras algunas idas y venidas, ya no queda ni un solo miembro de mi familia viviendo en Valdivia. Yo mismo no podré estar presente en esta celebración de 25 años y apenas he pasado por el festival en los últimos 5 años.

Vendrán nuevas olas de cineastas locales o nuevas corrientes, para usar una metáfora fluvial, y muy probablemente será en el FICValdivia donde serán descubiertas. Serán otros los nuevos cineastas que caminarán llenos de ilusión por los jardines de la universidad o que se refugiarán de la lluvia en un bar sin poder dejar de pensar en la película que acaban de ver. En una época de pocas certezas, confío en las nuevas generaciones del cine chileno y su capacidad de sorprendernos. Soy un convencido de que nuestras mejores películas están por venir.

 
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Cristián Jiménez

Pepa San Martín

Estábamos filmando Turistas de Alicia Scherson. Yo era la asistente de dirección y una noche conté una idea de guión que tenía a ella y a Macarena López. Comenzaba a tejerse La Ducha, que estrené el 2010 en la sección de cortometrajes internacionales. Fue la primera vez que me paraba en frente de un público como directora, la primera vez que filmaba una pieza audiovisual, la primera vez que entendí un poco más lo que es ser directora. Salí de la sala y sentí que al público le gustó, me sentí orgullosa. Ese año no gané nada.

En el 2012 logré estar seleccionada en la competencia con Gleisdreieck, un cortometraje que grabé en Berlín. Ese año no pude asistir. Estábamos grabando una serie y yo seguía siendo asistente de dirección. Las dudas y las inseguridades estaban presentes y por ese tiempo, aunque todavía de vez en cuando me vuelven, tenía la sensación de que La Ducha, que había ganado varios premios, había sido solo suerte. ¿Por qué nos persiguen esos pensamientos? Entonces recibí la noticia que obteníamos el premio al mejor cortometraje latinoamericano, mi primer Pudú  y un espaldarazo para retomar la confianza, una voz que te susurra: sigue, puedes seguir contando historias. Seguí.

Cuatro años después me presenté con mi primer largometraje terminado, Rara. Estuve toda la semana, nerviosa… ansiosa.

Rara fue presentada en una sala llena. En el público se encontraban mis amigos, mis alumnos, mis colegas, mis maestros y sobre todo personas que empatizan con la historia que decidimos contar. Fue la primera vez que veía la película con un público nacional. Las risas, los pequeños guiños del guión tomaban realidad y los espectadores lo disfrutaron. Todo valía la pena.

En el 2016 recibí mi segundo Pudú, pero ese premio fue diferente. El premio me lo entregó el público en un festival que me ha visto crecer, en un festival donde se encuentran personas que amamos el cine y que, sobretodo, creemos que el cine es un arma potente para cambiar el mundo.

Todo esto con lluvia.
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Pepa San Martín