Alejandro Fernández Almendras

Subirse y bajarse de la van.

Siempre quiero ir a Valdivia. Siempre quiero tener una película en su selección para poder ir toda una semana a ver películas, comer crudos, tomar cerveza, conversar con los viejos y los nuevos amigos, encontrarme con alumnos que critican y comentan, que recomiendan películas que desconozco. Quiero ir para escaparme un rato a Niebla, oler la leña de las estufas flotando sobre el pavimento siempre mojado de las calles inclinadas que dan al río, pasar por delante del casino de madrugada y prometerme una vez más no buscar en vano un bar que siga abierto.

Valdivia es como el poema anual de Teillier que quiero siempre leer una y otra vez.   De todas las historias de Valdivia, hay una que no olvido. Fue al terminar la edición del año 2011, cuando nos llevaron en una van hasta Temuco a tomar el avión. Íbamos Daniel Hendler, Cristián Jiménez, Sebastián Lelio y yo. Hendler nos preguntó qué tal el cine chileno. Le dijimos lo de siempre, que se hacen muchas películas, muchas muy buenas, pero que descontando las comedias más televisivas, va muy poca gente a verlas. Él nos preguntó entonces cuánta gente había ido a ver nuestras películas. Tres mil, dijo Lelio; dos mil, dijo Jiménez; novecientos treinta y dos, dije yo. Hendler nos miró muy serio y nos dijo: «pero chicos, ustedes están mal, no pueden hacer películas para que nadie las vea».

El resto del viaje fue casi en silencio. Estábamos golpeados por la honestidad brutal del uruguayo. Era verdad. No podíamos seguir haciendo películas para que nadie las viera. Recordé entonces la charla que habíamos tenido hace pocos días con Lelio a la orilla del Calle Calle. Mirando el río recordó que antes de hacer La Sagrada Familia siempre había querido estar en ese lugar, ser el que había logrado ser: un cineasta que viaja junto a sus películas como un vendedor viajero. Pero sentía que una etapa se estaba cerrando.

Más tarde, tras el golpe de honestidad de Hendler, Lelio se sentó al lado mío en el avión y hablamos largamente. Recuerdo que me dijo que sentía que tenía que moverse del lugar donde estaba, que quería llegar a más gente. «Bajarse de la van», le dije. Nos reímos.

Años después, cuando vi Gloria, supe que Lelio se había bajado de la van y me alegré mucho. Salía a buscar su público y lo había encontrado. Una mujer fantástica fue para mí simplemente otro paso en ese camino. Cuando terminamos de verla, en su estreno en Berlín, le dije a Jiménez: «Fue el primero en bajarse de la van», y nos reímos de nuevo.

Ahora que nuestras carreras continúan, incluso en países e idiomas distintos, sé que puedo hablar por los tres cuando digo que hay algo que a pesar de los años no cambia: el cariño por una ciudad, por unos amigos enamorados del cine y por un festival que cada año permite ver la forma que tenemos de subirnos o bajarnos de la van.

Felices 25, y felices 25 más.

Alejandro Fernández Almendras

Claudia Huaiquimilla

El año 2012 participé por primera vez en FICValdivia con San Juan, un cortometraje realizado con pocos recursos mientras estaba en la escuela, donde actuaron familiares y vecinos. El día de la muestra fue la primera vez que muchos de ellos bajaron del campo para ir al cine. La experiencia fue impactante, para ellos y para mí. Creo que por primera entendieron que el hecho de que estudiara cine, no significaba que iba a aparecer en una teleserie o animando un matinal (como tantos otros creen). Y dejaron de preguntar por qué les hacía repetir tantas veces una acción cuando llevé ese grupo de chascones a grabar un fin de semana. Tras verse en pantalla, la pregunta era otra: ¿cuándo grabamos de nuevo?

Ese pequeño trabajo dio paso a mi ópera prima, que tuvo su primer empujoncito el año 2013 nuevamente en FICValdivia, con el Premio ARCOS a Mejor guión en Desarrollo. Recién ahí, nos tomamos en serio el sueño de hacer una película. El año 2016 este se volvió realidad y Mala junta tenía su estreno mundial en la región donde fue filmada, como parte de la Competencia Nacional de Largometrajes.

El día del estreno, como es común en Valdivia, llovía a mares. Ahí, un señor se acercó amablemente, supongo que ante mi cara de terror, y me dijo: “Tranquila, van a llegar los que tienen que llegar…los elegidos”. Tenía razón. Más de 400 personas llenaron la emblemática Aula Magna de la Universidad Austral, una experiencia hermosa y catártica que no se olvida. Tras eso, enigmáticamente y durante todo un año, cada vez que mostraba Mala junta se ponía a llover. Donde fuera que estuviera. Me gustaba pensar que era un buen augurio, que Valdivia me seguía acompañando.

Sin embargo, recuerdo haberle porfiado a la organización ese año, insistiendo en realizar la primera función fuera de Valdivia, a una hora, en la comuna donde fue grabada la película y con los vecinos. Para el estreno no fue posible, pero al poco tiempo el Festival, en conjunto con el Centro de Promoción Cinematográfica de Valdivia, hicieron este sueño realidad. Y el cine viajó hasta la comunidad, permitiendo que cientos de estudiantes y vecinos, no sólo de Mariquina, si no que de toda la región de Los Ríos, vieran Mala junta de manera gratuita y con una bella proyección. Además hubo conversatorios y algunos espectadores se sacaron fotos con el Pudú como si se tratara del Óscar. Lo sentían propio.

Ante todo esto, es imposible no ver a FICValdivia como un hogar y una escuela, que no sólo me ha acogido, sino que me ha impulsado a continuar con la idea de expresar a través del cine. Y se ha vuelto una cita imperdible de octubre el estar a orillas del Calle Calle, pasear por el jardín botánico y hacer fila para entrar al Aula Magna nuevamente, a ver los próximos Clásicos del Futuro.
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Claudia Huaiquimilla

Sebastián Lelio

Valdivia siempre se ha sentido como celebración de lo que nos ha ido pasando. De los intentos, de los aciertos, de las aventuras sin destino claro, de las películas poderosas y también de las fallidas. De todo lo que hemos venido siendo. Todos.

En el Festival de Valdivia pude estrenar mis primeros cortos. A alguien le interesaban, te pagaban un pasaje, ¡te alojaban!. Yo no lo podía creer. Eso fue el ‘96 y el ‘97. Yo era un estudiante de cine (lo sigo siendo) y Valdivia era el lugar de encuentro con los que tenían más experiencia, con los que habían abierto el camino. Era también el lugar en el que conocí a tantas personas que luego serían compañeros de ruta, cómplices, co-creadores.

Me emociona recordar el viaje en tren hacia la edición del 2005. Un año clave. En ese tren al sur viajaba una generación de cineastas que aún no era consciente de que lo era. Yo llevaba las latas de La Sagrada Familia en bolsos de los que no me despegaba. Hermosa borrachera, física y espiritual, reconocer en el rostro de los amigos la misma hambre de cine que lo devoraba a uno.

Había tanta gente que tenía películas adentro, que quería filmar, sin cálculos, porque no había nada que calcular. Había urgencia, sed de venganza y sed de justicia artística. Conversaciones febriles. La sensación excitante y cándida de ser parte de algo que todos teníamos en la punta de la lengua pero que no nos atrevíamos aún a nombrar. Ser parte de una especie de ola, de una corriente eléctrica, de un instante fecundo. Hambre en estado puro, casi inocente.

Esa hambre, es quizás lo más valioso con lo que podemos contar. Esa hambre hay que cuidar. Ella nos forma, nos enseña, nos empuja. Esa sed de belleza que el festival de Valdivia ha contribuido al mismo tiempo a saciar y a aumentar.

Gracias por invitarnos a todos a esta fiesta de la que somos al mismo tiempo juez y parte. Que las películas le respondan a las películas y que siga ese diálogo en extremo lujoso y sofisticado que es la conversación del cine. Una forma de habitar, de pensar y de sentir el mundo. Y que Valdivia siga allí, recibiéndonos a todos. invitándonos como siempre a descubrir territorios y placeres desconocidos. Larga vida al festival de cine de Valdivia. ¡Gracias Valdivia!

Sebastián Lelio, cineasta chileno

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Sebastián Lelio