Niles Atallah

Valdivia para mi es un festival esencial y muy querido. Siento que ha jugado un rol fundamental en la escena cinematográfica de Chile, no solo provocando el desarrollo y difusión del cine local, sino que también creando vínculos con el cine del resto del mundo. Valdivia ha sido ese puente para mostrar al público y cineastas chilenos que es lo que está sucediendo afuera y lo que está pasando acá, dentro de nuestras propias fronteras. Para mí ha sido un lugar muy importante para tener contacto con espectadores, estudiantes y otros cineastas. En Valdivia he formado grandes amistades y he tenido grandes experiencias de vida. Gracias al festival, esa ciudad de lluvias, selvas y ríos ahora vive en mi imaginación como un lugar de fantasías vividas de cine y de sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Niles Atallah

 

José Luis Torres Leiva

Valdivia en Otoño. El primer encuentro.
Estoy al otro lado de un camino en donde el tiempo pasa rápidamente.
Ese lado del camino donde uno se da cuenta que las cosas tienen un fin.
Quizás hubo un principio y fue como un sueño, una ilusión.

Pasaron las estaciones, los viajes en bus, las horas de espera, el viento y el frío.
Mirar por la ventana mientras afuera la lluvia barría el pasado, la tristeza y la incomprensión. El miedo de ser uno mismo.

Valdivia era eso. Pero darme cuenta de eso fue largo y duro. La ilusión se rompió muy pronto. Las imágenes se apagaron en el interior. El dolor se hizo más presente y la muerte dibujó su cercanía en la ventana.

Después que todo se desvaneció apareció nuevamente el frío que me hizo sentir vivo. Un nuevo viaje en bus. Una historia de amor escuchada en un paradero. Una boda que nunca fue y que trajo la ilusión de que no todo estaba perdido. Que no todo era tan malo como se pensaba.

Y una nueva película que terminó siendo la salvación. Una nueva ilusión. Ahora sé que no tendré que morir demasiado pronto. Antes de tiempo. Es todo lo que sé ahora. Es todo lo que necesito saber.

Un nuevo Otoño. Ahora a fines de una estación, comienzos de una Primavera con nuevos aires y una muerte que camina a mi lado pero se mantiene silenciosa, testigo de una risa al pasar, de un pequeño gesto sin sentido que alivia el pesar de las horas.

Valdivia, allá voy, tenemos que hablar de nuestro amor. Vamos a inventar una palabra para que sea único, que sea sólo reconocible para los dos. Vamos a inventar un gesto que nos haga reír como tontos sin que los demás se percaten de nuestra complicidad.

Ahora estoy mejor. Ahora la muerte no es sólida, es sólo un estado que desaparece sin dejar ni siquiera huella. Ahora estoy bien.

Un nuevo viaje en bus. Miro por la ventanilla y la noche dibuja una ilusión. Veo a lo lejos una mujer caminar bajo la lluvia, camina sin rumbo. Cuando llegué a Valdivia comeré algo muy fuerte, que me haga sentir vivo, que me haga sentir mis entrañas hasta decir estoy vivo. Y que lo pueda gritar bajo la lluvia, en una sala de cine mientras todos se levantan para mirar al loco que hace un escándalo y no deja ver la película. Voy a gritar en Valdivia porque me siento vivo y recién me doy cuenta de eso. Tengo que gritarlo. Que todos los sepan. Ya no estoy muerto. Ahora puedo abrir mi corazón. Ahora puedo intentar vivir.

En Valdivia en un comienzo, después en todas partes, a cada momento, cada segundo de mi vida. Ya no quiero nada. No necesito nada. Nada que me condicione. Ahora sólo me queda marcharme de aquí, aunque aún no sé a dónde. Pero no importa. Anoche vi una película Húngara y después caminé hasta el hotel y sé que me puedo marchar sin mirar atrás. El viento en mi cara me hace sentir vivo. Ahora sé que puedo decir algún día: este es el final, es el horror del final, es la muerte, pero ya no me molesta morirme.

Aquí siento el olor a tierra mojada. Hace mucho que no pensaba en eso. Yo sé que podré tomar un bus y morir en Valdivia. Sé que algún día lo haré y no me va a molestar porque la tierra mojada va a aliviar mi dolor. Y las películas seguirán, las imágenes seguirán, las ilusiones también, una y otra vez seguirán. En Valdivia y en cualquier lugar en el que ya no sientas miedo.

 

José Luis Torres Leiva

Nicolás Videla

En el 2011 fue la primera vez que me desplacé al Festival de Cine de Valdivia, siendo aún estudiante de cine. En esa oportunidad vi dos películas (Girimunho y O Céu Sobre os Ombros) cuyos tratamientos de la intimidad y sus éticas de representación documental influenciaron prematuramente mi trabajo micropolítico audiovisual, afectando en la realización de mi primera película (Naomi Campbel, 2013) la cual estrené dos años más tarde en el mismo certamen. El festival no solo tiene la capacidad de movilizarnos de forma física, sino que también es capaz de movilizar nuestros pensamientos. Tres años después volvería al mismo lugar a presentar por primera vez mi segunda película, El Diablo es Magnífico (2016). La geografía del sur y la calidez del festival han constituido un espacio seguro para dar a luz estas obras. No soy en absoluto nacionalista, pero me interesa que los discursos e imágenes se compartan primero con les más cercanes. En nuestro país existe urgencia por atender a un grupo de nuestra población que ha sufrido una violencia estructural desde la colonización. Me refiero a las identidades no binarias que han sido condenadas a la marginalidad, con todo el daño que eso ha significado históricamente. El cine, entonces, es una importante herramienta de memoria sobre todo para les que no hemos sido representades en ningún tipo de soporte por el régimen normativo y el Festival de Valdivia es una pieza clave por su mirada transversal de realidades y problemáticas actuales. Valdivia ha marcado en mí un tiempo ritual y el eterno retorno será inevitable.

 

 

 

 

Nicolás Videla